En febrero de 1980, un hombre entró en la aldea de L’Estere en el centro de Haití, se acercó a una campesina llamada Angelina Narcisse y le dijo que era su hermano Clairvius.

La última vez que vio a este hermano estaba en un ataúd, a punto de ser enterrado, hacía 18 años.

Clairvius se presentó usando un apodo de la infancia que solo los hermanos conocían y recordó cosas que nadie fuera de la familia podía saber.

Así, después de escuchar su historia, los familiares se acostumbraron a la idea de que un ser querido había regresado al mundo de los vivos.

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